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Crash

12 julio 2009

Últimas noticias. Esta mañana, poco después de amanecer, el sol se ha estrellado (literalmente) contra el suelo de la calle menos transitada de la ciudad. No hay testigos. Las investigaciones sobre lo ocurrido no aportan muchas pistas. Solamente se ha filtrado que, sorprendentemente, el astro Rey salió ileso y tras la caída volvió a ascender a los cielos. Incluso hay quienes aseguran que desde lo ocurrido su brillo es más intenso. Poco después del suceso, en el lugar de los hechos olía a naranjas. Recién exprimidas.

Seguiremos informando.

Chau

18 mayo 2009

Estoy triste. Mario ha muerto. Qué importan las causas. Lo importante es que no volverá a escribir un libro que regalarnos. Me quedan sus cuentos, sus poesías, sus novelas. Todo lo que escribió, tan sencillo y preciso que supo abarcar lo más grande.

Estoy triste, muy triste. Y nada más enterarme de la noticia me he acordado de la primera persona que me hizo llorar con un poema suyo, un duendecillo de alma argentina que me enseñó a leer la borra del café y a contar, no hasta dos, ni hasta diez. De los cuentos que hicimos nuestros, del libro que nunca le llegó a firmar. Mario fue la primera excusa (como si hiciese falta), y se convirtió en adalid de una amistad que sobrevive a través de la distancia y las cicatrices.

Estoy triste, de verdad. Hoy me doy cuenta de que el océano es por fin el océano, y de que la muerte es de los otros, pero también nuestra. Y me ha entrado urgencia por vivir adrede. Vivir del modo que él me enseñó, sin salvarme. Amando como sabía hacerlo, con tácticas y estrategias, con y sin nostalgia. Viajando por todas las geografías, construyendo andamios para aprender a volver. Hoy lloro sin pudor frente al portátil, con una tristeza que no quiero disimular. Y sé que no le haré justicia, porque hoy se me murió una musa y los ojos empañados no me dejan ver las letras, pero no puedo menos que dedicarle un poco de mi humilde literatura.

Estoy triste, demasiado. Y me odio por no haberlo conocido. Por no haber sabido darle a tiempo las gracias por el fuego, por habitar entre mis líneas, porque te tengo y no. Porque haya hecho falta que se marche para darme cuenta de que llevaba tanto tiempo inmóvil al borde del camino.

Hoy se le terminó el futuro a Mario Benedetti. Aunque siempre esté presente.

NO TE SALVES

No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.

No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer lo párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.

Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

Onda y crepúsculo

11 mayo 2009


Entorno los ojos hasta alinearlos con el horizonte y te encuentro, justo antes de llegar a la frontera que separa las quimeras de las realidades bellas. Atrasando mis atardeceres, seduciendo a la luna con la desvergüenza de quien sabe que no lo necesita.

No me hace falta mirar para verte, del mismo modo que tú no precisas de astrolabios para encontrarme. Te orientas tan bien en mi cielo que conoces el punto exacto donde convergen mi sol y tus estrellas. Y viceversa. Hace tiempo que aprendiste a dibujar constelaciones con los ojos cerrados.

Ya ves. No he olvidado la noche que velaste mi primera madrugada eterna. Sísifo celeste, me ayudaste a amanecer cargando el sol sobre tu espalda y me trajiste, en menos de ocho minutos, su calor huidizo para secar las noches en blanco, los días en negro. Aún me maravilla que supieras catalizar la química que convierte el hidrógeno en helio y me enseñaras a brillar en la caída.

Un día de estos debería darte las gracias. Por rescatarme de la luna y cambiar el sentido de mis lágrimas. Por los abrazos intermitentes, por ese qué-sé-yo constante. Por llamar a las musas por mi nombre. Por la primera tarde que me regalaste algo más que música, por la banda sonora de los años más felices de mi vida. Porque no sé escuchar a Maga sin recordarte, ni leer El Principito sin odiarte un poco. Podría decirte algo más, pero me resisto a utilizar palabras. Tú mejor que nadie sabes que no son más que piel y como tal mudables, susceptibles de ser desgarradas y desgastadas, pocas veces necesarias, muchas malinterpretadas y nunca imprescindibles. Porque eres trascendente y por tanto más allá de los límites de cualquier conocimiento posible.

Lo confieso, a veces me dedico a afinar violines sólo por el placer de verte destensar de nuevo cada cuerda, con paciencia inifinita, hasta lograr disonancias perfectas. No puedo evitarlo, me encanta escucharte destrozar diapasones y verte esbozar ficciones que dibujan el hombre que hay debajo de tu nombre. Como si mil imágenes fueran capaces de abarcarte.

Me permito este disfraz. Espero que sepas reconocerte.

Collage

01 mayo 2009

Cuéntame el cuento de lo que fui, te pido con tristeza, y ni siquiera eres capaz de llamarme por mi nombre. Ese otro nombre. El que te cuesta tanto pronunciar que a estas alturas se te debe de haber enquistado en la garganta. El nombre que dibujan todas esas carreteras secundarias en el mapa del tesoro y que eres incapaz de ver, porque te empeñas en mirarlo tan cerca, que tu nariz señala el punto exacto de la encrucijada en que algo salió mal. El desvío correcto en el momento equivocado. O al revés. Y no te das cuenta de que he vuelto a morderme las yemas de los dedos. Desde que no encuentro restos de tu piel entre mis surcos, mis huellas dactilares no son capaces de identificarme. Así que sólo queda morder. Como un animal acorralado. Los incisivos también pueden crear nuevos senderos. Parece mentira que tú no lo sepas. Aún. A estas alturas.


Sigues sin responderme. ¿Es que no sabes quién fui? ¿No reconoces mis dedos? ¿No quieres acordarte de que fueron mis garras las que dibujaron cada una de tus cicatrices, ni de que fui la única que aprendió a leer en braille los lunares de tu espalda? Ahora pago el precio de mi ingenuidad y tu desidia. Pasé demasiado tiempo escribiendo nuestra historia entre las líneas que nunca supiste descifrar. Para no perderme, dejé migas de recuerdos en cada curva de tu cuerpo. Cuando quise darme cuenta, las ratas con alas se habían tragado mi camino de regreso.


Dado que las espirales pueden leerse en ambos sentidos, acabé descubriendo que yo no estaba en una. Y desde entonces muerdo con una punta de diamante este vinilo que comienza a desentonar. Como mi nombre en tus labios.

Perpetrado en colaboración con Puck.
Mezclado y aderezado por Alberto Berjón García.
Gracias por cuidar de que el Sol de Andrómeda siga brillando.

Voodoo

26 enero 2009

No sabría decir a quién ha salido.

Tiene la sonrisa de R, la primera que me dedicó el día que empujó los límites de mi mundo. La voz de M susurrándome al oído. El carácter de H, el descaro que me quitó la vergüenza. El cuerpo de C y su mirada cuando sus ojos me pertenecían. La nariz de A y la forma de mover sus manos. Su interior es el relleno de la almohada que absorbió las lágrimas de todos. Sus costuras, mis cicatrices.

Ya está casi terminado. Sólo le faltan los alfileres.

Salamanca

25 noviembre 2008

Paseé por tus calles como si no hubiera nacido entre tus paredes. Disfruté de tu sol, me cobijé en tu sombra y lloré el pasado que nunca me regalaste. Con pasos firmes quise tatuarte mis huellas, del mismo modo que tu historia dejó su impronta en mis raíces. Respiré tu aire, me hundí en tu arena. Volví a la tierra de la que me arrancaron, donde reside mi identidad de extranjera en cualquier lugar.

Nunca sabré qué habría ocurrido de haber regresado a refugiarme entre tus piedras. Sentí tan mía tu alegría que tal vez fuiste el hogar que persigo en cada viaje. Encontré tal calidez en sus ojos que quizás fueran el mar que busco en cada naufragio. De haber vuelto, podría haberme encontrado.

Y sin embargo huí. En lugar de realizar mis sueños elegí el sendero pedregoso de la incertidumbre. Sin mezclarme con tu gente logré conservar la fe en las personas siempre que esta ciudad hostil me decepciona. Cuando extraño su mirada quiero creer que era tan perfecto que me alejé de su ideal para que lo siguiera siendo. No me salvé. Seguí corriendo.

Me pariste buscadora y me enseñaste a andar persiguiendo quimeras. Si no he vuelto no es por desprecio. Es que eres tan bella que te preferí como horizonte.

Comfortably numb

15 octubre 2008

Te miro y no siento nada. Tu rostro ya no refleja el alma que te escribe estas líneas. Tus palabras no me inspiran ni siquiera confianza.

Te miro y me siento lejos. No reconozco esa mirada. Tus ojos ya no iluminan la vida cada mañana. Ya no me gusta tu cuerpo, ya no sonrío a tu boca, mi lengua ya no recorre tus labios agrietados por falta de sonrisas.

Te veo igual, pero te miro diferente. No eres quien una vez fuimos. Algo cambió en algún punto entre la risa y el llanto, llevándose ambos consigo.

Exprimiste hasta la última gota de sal de mi mirada. Alteraste mis nervios tantas veces que las cicatrices terminaron por aislarlos. Sólo dejaste piel muerta, insensible al dolor y a las caricias.

No siento calor ni frío, ternura ni rabia. Tus vientos no me provocan mareas. Me envuelve una serenidad de mar en calma. Ya no me importa tu rumbo. Ya no me guía tu estrella. Con la brisa de tu último sueño apagaste mis noches en vela.

Tanto me esforcé por dejar de odiarte que ya no soy capaz de quererte.

No quiero pensar que te he olvidado, pero cada vez me cuesta más invocarte en mi memoria. No quiero creer que te he perdido y sin embargo día a día me resulta más difícil encontrarte.

Te extraño, pero he dejado de echarte de menos. La indiferencia es más cómoda que la nostalgia. El hastío más estable que la alegría.

Y a pesar de todo, en ocasiones te escribo para intentar mantener esa distancia insalvable. Desde el otro lado de tus ojos, que últimamente sólo me dedican miradas indolentes. Desde el otro lado del abismo al que no saltaré a tu encuentro.

Cada vez soy más distinta a la imagen que me devuelves. Pero ya no siento ganas de romperla. Después de tanto tiempo buscando en ti lo que no encontraba en mí misma, la desilusión me ha abierto los ojos. Hoy me doy cuenta de que nunca supe tocarte sin sentir frío en las yemas de los dedos.

Con el tiempo he comprendido que, por muy cerca que te sienta, siempre nos separará, por lo menos, el cristal insensible del espejo.

(Rescatado del día 28 enero '08)